Tinduf sigue siendo el gran problema político que Marruecos no ha conseguido resolver
Durante años se ha repetido que el conflicto del Sáhara Occidental estaba “congelado”, reducido a una cuestión diplomática secundaria o encaminado lentamente hacia una solución impuesta por la fuerza de los hechos. Sin embargo, basta observar la reacción de las autoridades marroquíes ante cualquier contacto entre activistas saharauis y los campamentos de Tinduf para comprender que el problema de fondo sigue completamente abierto.
La reciente retención e interrogatorio de un activista saharaui tras regresar de Tinduf no es un episodio aislado. Refleja hasta qué punto Marruecos continúa considerando políticamente peligrosa la existencia de un espacio saharaui organizado fuera de su control. No se trata únicamente de seguridad o vigilancia fronteriza. Lo que sigue preocupando a Rabat es que, medio siglo después, los campamentos continúan representando una realidad política, humana e identitaria imposible de borrar.
Mientras tanto, una nueva generación de saharauis nacidos después del alto el fuego de 1991 ha crecido entre la espera, el exilio y las promesas incumplidas. Son jóvenes que nunca conocieron la guerra abierta, pero tampoco la paz prometida por Naciones Unidas. Y, pese al cansancio acumulado, la identidad saharaui continúa transmitiéndose entre jaimas, escuelas, familias, festivales culturales y espacios de memoria colectiva.
Ese es probablemente uno de los elementos que más incomodan a quienes daban por amortizada la cuestión saharaui: la capacidad de resistencia política y simbólica de una sociedad que sigue existiendo, organizándose y proyectándose internacionalmente pese a décadas de bloqueo diplomático y desgaste.
Quizá por eso el Sáhara Occidental reaparece una y otra vez allí donde algunos intentaban convertirlo en un asunto olvidado: en los debates sobre derechos humanos, en los recursos naturales, en las minas antipersona, en los presos políticos, en los festivales culturales o en la simple presencia de una bandera saharaui cruzando una frontera.
— Carlos C. García
