La crisis en Ceuta revela la falta de una estrategia clara de España frente a Marruecos, que actúa con un plan a largo plazo, mientras España reacciona ante cada situación cuando ya ha estallado.
La crisis de Ceuta está dejando análisis muy diferentes, pero algunos empiezan a coincidir en una cuestión más importante que la discusión sobre las mafias, las redes sociales o la sentencia del Supremo: Marruecos lleva años actuando con una estrategia de poder sostenida mientras España parece limitarse a reaccionar ante cada crisis cuando ya se ha producido.
José Javier Esparza lo ha planteado estos días con especial contundencia. Su largo análisis introduce asuntos muy distintos y algunas afirmaciones que exigirían una discusión propia, pero hay una idea central difícil de descartar: Rabat ha sabido relacionar durante años su alianza con Estados Unidos, su importancia para Europa, el control de los movimientos migratorios, su creciente capacidad militar y económica y sus aspiraciones territoriales. No estamos ante decisiones aisladas, sino ante una política que persigue objetivos reconocibles.
No es una reflexión muy alejada de la que hacía Jorge Dezcallar en EL PAÍS cuando hablaba de la debilidad de España ante Marruecos y de las concesiones acumuladas a Rabat. Pero el propio periódico ofrecía después otra lectura de la entrada masiva en Ceuta mucho más inclinada a desvincular al régimen marroquí de la organización de aquella que hemos llamado «Marcha Verde marítima». En NOTEOLVIDES planteamos entonces una pregunta que sigue abierta: si Marruecos dispone de uno de los aparatos de vigilancia fronteriza más estrictos de la región, ¿podemos creer realmente que decenas de miles de personas alcanzaron Ceuta sin una decisión política que lo permitiera?
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La cuestión resulta todavía más evidente cuando aparece el Sáhara Occidental. El giro de Pedro Sánchez de marzo de 2022 fue presentado como el precio necesario para recomponer la relación con Rabat y abrir una etapa de estabilidad. Cuatro años después, Marruecos conserva intacta su capacidad para presionar a España y Washington acaba de reafirmar la autonomía marroquí como única salida aceptable para el territorio saharaui. Lo que España cedió no ha comprado, por tanto, la seguridad política que se prometía.
Esa misma lectura ha sido formulada este lunes por Abdulah Arabi en una tribuna publicada por El Confidencial. Arabi recuerda que el cambio de posición española sobre el Sáhara Occidental fue presentado como una vía para estabilizar las relaciones con Marruecos, pero señala que no ha hecho desaparecer las aspiraciones ni los instrumentos de presión de Rabat. «Desde el Frente Polisario lo advertimos», escribe: las concesiones no iban a poner fin a las exigencias marroquíes.
Su conclusión coincide además con una cuestión que atraviesa buena parte del debate abierto tras Ceuta: rechaza que lo sucedido pueda explicarse simplemente por la actuación de las mafias y lo atribuye a «las políticas y aspiraciones de un Estado, Marruecos». Es una formulación especialmente clara porque une las dos cuestiones que España ha intentado separar durante años: las concesiones realizadas en el Sáhara Occidental y la capacidad de presión que Rabat conserva sobre la relación bilateral.
Quizá ahí esté la diferencia fundamental. Marruecos sabe qué pretende en el Sáhara Occidental, en su relación con Europa, en el Atlántico y respecto a Ceuta y Melilla. España, en cambio, lleva demasiado tiempo confundiendo evitar una crisis con tener una política hacia Marruecos.
Porque una política basada exclusivamente en evitar contrariar a Rabat no elimina los problemas con Marruecos: únicamente aumenta el precio de la siguiente crisis.
Ceuta vuelve a demostrarlo. Y mientras España no defina con la misma claridad sus propios intereses, seguirá llegando tarde a unas crisis que Marruecos lleva mucho tiempo incorporando a su estrategia.
NOTA DE REDACCIÓN respecto a la foto en la que Mohamed VI acuerda dar el nombre de «Donald Trump» a la vía Tiznit-Dajla, que alcanza el Sáhara Occidental ocupado, como reconocimiento al apoyo estadounidense a las pretensiones de Rabat sobre el territorio saharaui.
Donald Trump fue quien dio a conocer públicamente el pasado 26 de julio, a través de Truth Social, que la vía Tiznit-Dajla llevaría el nombre de «President Donald J. Trump Highway», difundiendo además un vídeo sobre la infraestructura y agradeciendo a Mohamed VI lo que calificó como un «gran honor». En ese momento, la decisión todavía no había sido anunciada oficialmente por las autoridades marroquíes.
Mohamed VI ha confirmado ahora la denominación y la ha vinculado expresamente al reconocimiento realizado por Trump en 2020 de la pretendida soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Según la información publicada por L’Humanité, la decisión figuraba ya en una carta del monarca fechada el 2 de julio, por lo que Trump una vez mas, se adelantó a hacerlo público.