OPINIÓN | El gasoducto no compra el silencio de Nigeria sobre el Sáhara Occidental

Abuja reafirma su reconocimiento a la República Saharaui mientras avanza en el proyecto energético con Marruecos. Nigeria puede cooperar sin comprometer su apoyo a la autodeterminación saharaui.

Abuja mantiene su reconocimiento de la República Saharaui mientras impulsa con Marruecos un ambicioso proyecto energético. La conclusión no es que el gasoducto haya muerto, sino que Rabat no ha conseguido convertirlo en obediencia política.

Resulta tentador concluir que el gasoducto Nigeria-Marruecos se ha desinflado después de que Abuja haya reafirmado su reconocimiento de la República Árabe Saharaui Democrática y su compromiso con la autodeterminación y la descolonización del Sáhara Occidental.

Es una conclusión atractiva, pero excesiva. El proyecto energético no ha desaparecido. De hecho, acaba de superar una nueva fase política: los Estados de la Comunidad Económica de África Occidental han firmado el acuerdo intergubernamental que deberá sostener el futuro Gasoducto Africano Atlántico. Nigeria y Marruecos preparan ahora los organismos encargados de dirigir el proyecto antes de alcanzar una decisión definitiva de inversión.

Por tanto, el gasoducto no ha hecho pschitt. Sigue siendo un proyecto extraordinariamente complejo, costoso y todavía pendiente de financiación y ejecución, pero mantiene respaldo institucional. Su trazado previsto ronda los 6.800 kilómetros y su coste se ha estimado en unos 25.000 millones de dólares.

La noticia verdaderamente importante es otra: ese proyecto no ha comprado el silencio de Nigeria sobre el Sáhara Occidental.

Abuja puede buscar inversiones, infraestructuras y cooperación energética con Marruecos sin aceptar por ello la anexión del territorio saharaui. Puede sentarse con Rabat para hablar de gas y recibir pocos días después al enviado del presidente Brahim Ghali para reafirmar su relación con la República Saharaui.

Eso es precisamente lo que la propaganda marroquí intenta borrar. Cada contrato, visita oficial o proyecto económico es presentado como una supuesta adhesión a sus pretensiones territoriales. Se construye así la ficción de que comerciar con Marruecos obliga también a reconocer como marroquí el Sáhara Occidental.

Hay, además, una realidad africana que Marruecos tampoco puede ocultar. La República Saharaui continúa siendo Estado miembro de la Unión Africana. Marruecos regresó a la organización en 2017 y desde entonces comparte sus instituciones con la RASD, cuya pertenencia se remonta a 1982.

El gasoducto puede avanzar o quedar atrapado durante años entre problemas financieros, técnicos y políticos. Pero ninguna tubería modifica la naturaleza jurídica del Sáhara Occidental ni convierte la ocupación en soberanía.

La reafirmación nigeriana no significa que Abuja vaya a renunciar al proyecto energético. Significa algo quizá más incómodo para Rabat: Nigeria no considera incompatible cooperar económicamente con Marruecos y continuar apoyando a la República Saharaui.

Esa es la derrota del relato marroquí. No el supuesto derrumbe inmediato del gasoducto, sino la imposibilidad de utilizarlo como prueba de que África ha olvidado la última descolonización pendiente del continente.

El gas puede atravesar fronteras. Lo que no puede hacer es borrarlas ni comprar el derecho de un pueblo a decidir su futuro.

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