Hay jóvenes saharauis que nacieron años después del alto el fuego de 1991 y que, sin embargo, han crecido escuchando exactamente las mismas palabras que escucharon sus padres: referéndum, espera, Naciones Unidas, negociaciones, promesas, bloqueo. Para toda una generación, el conflicto del Sáhara Occidental no es un episodio del pasado, sino una realidad que siempre ha estado ahí.
Muchos de ellos crecieron en los campamentos de refugiados, otros bajo ocupación marroquí y otros lejos de su tierra, en la diáspora. Han aprendido desde pequeños nombres como Gdeim Izik, Smara, Tinduf o MINURSO con una normalidad que en cualquier otro lugar del mundo resultaría difícil de imaginar. Y aun así, han seguido estudiando, creando, escribiendo, cantando o intentando construir un futuro en medio de una espera que ya dura más de medio siglo.
La imagen de la infancia saharaui ha aparecido muchas veces asociada únicamente a la ayuda humanitaria o al exilio. Pero existe también otra realidad menos visible: la de generaciones enteras que han crecido entre memoria, resistencia cotidiana y una extraña sensación de tiempo detenido.
Quizá una de las mayores paradojas del conflicto saharaui sea precisamente esa: mientras el mundo cambia constantemente, miles de jóvenes saharauis siguen creciendo alrededor de un proceso de descolonización que Naciones Unidas todavía considera pendiente desde hace décadas.
Y, sin embargo, pese al cansancio, el silencio y las promesas incumplidas, la cuestión saharaui sigue pasando de generación en generación. Como una memoria compartida. Como una identidad. Como una historia que todavía espera una solución.
EL OBSERVADOR SAHARAUI
