EL OBSERVADOR SAHARAUI | Del proceso de descolonización a la negociación condicionada: qué está cambiando en el Sáhara Occidental

En las últimas semanas, la actualidad del Sáhara Occidental ha vuelto a llenarse de señales que, en apariencia, apuntan a un cierto dinamismo político. Reuniones diplomáticas, contactos entre las partes, revisiones institucionales y un discurso cada vez más insistente sobre la existencia de una “oportunidad” para avanzar en la resolución del conflicto. A primera vista, podría interpretarse como un intento serio de desbloquear una situación enquistada durante décadas.

Sin embargo, una lectura más detenida de estos movimientos permite apreciar que lo que está en juego no es únicamente la reactivación del proceso, sino algo más profundo: una transformación del marco en el que ese proceso se desarrolla.

El Sáhara Occidental ha sido, desde su inclusión en la lista de territorios no autónomos de Naciones Unidas, un caso de descolonización pendiente, cuyo eje jurídico y político se ha articulado en torno al derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui. Este principio ha sido reiterado de forma constante en la doctrina de la ONU y ha constituido, al menos sobre el papel, el fundamento del proceso de solución.

Sin embargo, la dinámica actual apunta a un desplazamiento progresivo de ese marco. La cuestión saharaui parece estar transitando desde un proceso de descolonización basado en el derecho internacional hacia un escenario de negociación política condicionado por factores geopolíticos.

En este cambio, el papel de Estados Unidos resulta determinante. Presentado como mediador, su implicación va mucho más allá de la facilitación de contactos. Estados Unidos impulsa el proceso, fija los tiempos y, sobre todo, define el terreno en el que se desarrolla la negociación. La propuesta de autonomía marroquí no aparece como una opción más dentro de un abanico de posibles soluciones, sino como el punto de partida sobre el que se pretende construir cualquier acuerdo.

Esta orientación introduce un desequilibrio estructural en el proceso. Cuando el marco de discusión está previamente delimitado y el resultado aceptable se perfila de antemano, la lógica de la mediación se ve sustituida por la de la negociación condicionada.

A ello se suma una presión diplomática creciente sobre Argelia, actor clave en el equilibrio regional, así como una movilización más amplia de apoyos internacionales en torno a la propuesta marroquí. Este movimiento no responde tanto a una evolución jurídica del conflicto como a una reconfiguración de alianzas en un contexto regional marcado por intereses estratégicos, energéticos y de seguridad.

En paralelo, el papel de Naciones Unidas aparece progresivamente debilitado. La revisión de la MINURSO, que en teoría debería servir para reforzar su capacidad de actuación, se inscribe en una dinámica que no cuestiona el bloqueo de su mandato original. La misión fue creada para organizar un referéndum de autodeterminación, pero tres décadas después su función se ha reducido esencialmente a la observación de un alto el fuego roto, sin mecanismos efectivos para impulsar una solución.

Este desplazamiento institucional tiene consecuencias directas sobre la naturaleza del conflicto. La centralidad del derecho internacional y del principio de autodeterminación cede terreno frente a una lógica de gestión política en la que los equilibrios de poder pesan más que las bases jurídicas.

Sin embargo, este cambio de enfoque no altera los elementos esenciales de la cuestión saharaui. El territorio sigue siendo considerado por Naciones Unidas como un territorio pendiente de descolonización. El pueblo saharaui continúa sin haber ejercido su derecho a decidir su futuro. Y sobre el terreno, la realidad sigue marcada por la ocupación, la represión y el exilio.

La aparente aceleración del proceso no responde, por tanto, a una resolución del conflicto, sino a su redefinición. Se construye la idea de que existe una salida posible en un horizonte cercano, pero esa salida se articula sobre un marco que limita desde el inicio las opciones reales.

En este contexto, la cuestión central ya no es únicamente si el proceso avanza o no, sino en qué dirección lo hace y bajo qué condiciones.

Porque un proceso de descolonización no puede resolverse sustituyendo el derecho a la autodeterminación por una solución predefinida.

Puede, en cambio, transformarse en otra cosa.

Y eso es, precisamente, lo que empieza a vislumbrarse.

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