El Sáhara Occidental vuelve a entrar en una fase de tensión
Por Carlos C. García
Hay momentos en los que los conflictos parecen cambiar de piel sin que casi nadie lo anuncie oficialmente. Y probablemente eso es lo que empieza a ocurrir alrededor del Sáhara Occidental en este 2026.
Durante años, gran parte del discurso internacional intentó presentar el conflicto como una cuestión congelada, secundaria o atrapada en una especie de rutina diplomática sin salida visible. Pero las últimas semanas muestran otra cosa. Smara, las nuevas tensiones militares, el endurecimiento del lenguaje diplomático, la carta de Brahim Ghali a Naciones Unidas, las denuncias sobre presos saharauis o la creciente presión internacional sobre el Frente Polisario indican que algo vuelve a moverse alrededor del conflicto.
No necesariamente hacia una solución. Más bien hacia una etapa más incómoda y más tensa.
Porque mientras algunos gobiernos occidentales refuerzan su respaldo a Marruecos en nombre de la estabilidad regional, vuelven a reaparecer cuestiones que nunca desaparecieron del todo: civiles saharauis, presos políticos, derechos humanos, autodeterminación y responsabilidad histórica.
Y quizá ahí reside una de las contradicciones más visibles del momento actual. Cuanto más se intenta presentar el Sáhara Occidental únicamente como una cuestión estratégica o de seguridad, más reaparece la dimensión humana y política del conflicto.
Los presos saharauis siguen existiendo. Las familias refugiadas siguen existiendo. Los desaparecidos siguen formando parte de la memoria saharaui. Y medio siglo después, el conflicto continúa sin resolverse.
Por eso este 2026 empieza a parecer menos un año de “normalización” y más un año de creciente tensión política alrededor del Sáhara Occidental.
