La visita del embajador estadounidense a El Aaiún y el apoyo federal a un proyecto de amoníaco verde muestran un cambio importante: Washington ya no se limita a respaldar las pretensiones de Marruecos, sino que empieza a comprometer intereses económicos directos en el territorio ocupado.
Por EL OBSERVADOR SAHARAUI
Donald Trump reconoció en diciembre de 2020 las pretensiones marroquíes sobre el Sáhara Occidental. Aquel gesto rompió con décadas de prudencia estadounidense, pero todavía podía presentarse como una decisión política susceptible de ser revisada por otra Administración. Lo ocurrido ahora en El Aaiún introduce un elemento más difícil de desmontar: Estados Unidos empieza a vincular intereses económicos propios con la permanencia de la ocupación.
La Agencia de Comercio y Desarrollo de Estados Unidos financiará los estudios preliminares de un proyecto de producción de amoníaco verde promovido por un consorcio de empresas estadounidenses. No se está financiando todavía la construcción de la planta, pero sí el paso técnico necesario para preparar una inversión industrial de gran escala en un territorio cuyo estatuto internacional continúa sin resolverse.
La visita del embajador Richard Duke Buchan III a El Aaiún tampoco puede separarse de ese movimiento. El representante estadounidense reafirmó el respaldo de Washington al plan marroquí de autonomía mientras participaba en la presentación de una financiación federal. El mensaje combina diplomacia y negocios: Estados Unidos no solo apoya la posición de Rabat, sino que empieza a convertirla en oportunidades económicas para sus empresas.
La carretera que Mohamed VI ha decidido dedicar a Donald Trump completa el simbolismo. Marruecos ofrece al presidente estadounidense una infraestructura que atraviesa el Sáhara Occidental ocupado al mismo tiempo que abre el territorio a capitales y tecnologías norteamericanas. El homenaje personal encubre una operación política más profunda: asociar el nombre y los intereses de Estados Unidos a la integración económica del territorio en Marruecos.
Esto no significa que Washington haya desplazado ya a Francia. París continúa proporcionando a Rabat una cobertura decisiva en Europa y en los organismos internacionales. Lo que está ocurriendo es más preocupante: Marruecos suma un segundo gran garante. Francia sostiene tradicionalmente la ocupación y Estados Unidos comienza a dotarla de inversiones, tecnología y respaldo estratégico propio.
Cuantos más intereses extranjeros se instalen en El Aaiún y Dajla, más difícil será que esos mismos gobiernos acepten una solución que cuestione el control marroquí. Por eso, la batalla por los recursos no es secundaria. Estados Unidos corre el riesgo de dejar de ser únicamente una potencia parcial en el proceso político para convertirse en beneficiario económico directo de la ocupación que dice querer ayudar a resolver.
