Mali arde y el Magreb contiene la respiración: por qué la crisis del Sahel también importa al Sáhara Occidental

Los ataques coordinados del 25 de abril reabren el debate sobre la seguridad regional, la pugna por los recursos y el uso propagandístico del conflicto saharaui por parte de Marruecos.

La crisis abierta en Mali tras los ataques coordinados del 25 de abril no es un asunto lejano para el Sáhara Occidental ni para el Magreb. La ofensiva atribuida a grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda y a fuerzas armadas del Azawad ha golpeado varios puntos estratégicos del país, incluida la zona de Bamako, y ha provocado la muerte del ministro maliense de Defensa, Sadio Camara, uno de los hombres fuertes de la junta militar.

Más allá de la gravedad militar inmediata, Mali vuelve a mostrar hasta qué punto el Sahel se ha convertido en un espacio de disputa entre intereses externos, crisis internas, recursos minerales, presencia rusa, retroceso francés, presión estadounidense y fracturas políticas no resueltas. En ese tablero, cada estallido de violencia se utiliza también para fabricar relatos: unos buscan justificar nuevas intervenciones, otros reforzar alianzas, y otros trasladar responsabilidades hacia sus adversarios regionales.

Por eso conviene leer con cautela las acusaciones lanzadas desde la órbita marroquí contra Argelia. La crisis maliense tiene causas propias y profundas: la ruptura de los equilibrios internos, la cuestión del Azawad, el avance de grupos armados, la fragilidad del Estado y la competencia internacional por el control geopolítico y económico del Sahel. Reducirlo todo a una supuesta maniobra argelina por la posición de Mali sobre el Sáhara Occidental es una simplificación interesada.

Para el Sáhara Occidental, la lección es clara: cada vez que el Magreb y el Sahel entran en turbulencia, Marruecos intenta presentar el conflicto saharaui como parte de una batalla regional contra Argelia. Pero el Sáhara Occidental no es una pieza secundaria de esa confrontación. Es un territorio pendiente de descolonización, con un pueblo reconocido por el derecho internacional y con un derecho inalienable a la autodeterminación.

La preocupación por Mali es, por tanto, legítima. No porque sustituya la centralidad de la causa saharaui, sino porque confirma que la estabilidad real de la región no puede construirse sobre propaganda, ocupaciones ni falsas soluciones impuestas. Sin justicia para los pueblos, sin respeto al derecho internacional y sin solución democrática a los conflictos pendientes, el Sahel y el Magreb seguirán siendo terreno fértil para la guerra, la manipulación y la injerencia exterior.

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