El Sáhara Occidental vuelve a entrar en una nueva fase política y mediática
Hay días en los que las noticias parecen dispersas, desconectadas entre sí. Y hay otros en los que distintas piezas comienan a encajar lentamente alrededor de una misma idea. Lo que estamos viendo en torno al Sáhara Occidental durante estas semanas pertenece probablemente a esta segunda categoría. Porque detrás de los debates sobre ayuda humanitaria, seguridad regional, control mediático o presión diplomática empieza a dibujarse un cambio de contexto mucho más profundo.
Marruecos ya no intenta únicamente consolidar la ocupación sobre el terreno. También busca redefinir completamente el marco internacional desde el que se interpreta el conflicto. Y eso explica muchas de las dinámicas recientes: la insistencia en vincular el Sáhara Occidental con el terrorismo, el narcotráfico o la inestabilidad del Sahel; la presión creciente sobre activistas saharauis; o incluso el debate emergente sobre el tratamiento mediático del conflicto en espacios francófonos internacionales como TV5MONDE.
La cuestión es importante porque el verdadero terreno de disputa ya no es solamente diplomático o militar. Es también narrativo. Marruecos necesita que el Sáhara Occidental deje de aparecer como una cuestión de descolonización pendiente y empiece a percibirse como un simple asunto de estabilidad regional, seguridad o gestión migratoria. Cambiar el lenguaje significa cambiar la percepción política del conflicto. Y eso afecta directamente a Europa, a África y a los grandes medios internacionales.
Sin embargo, al mismo tiempo que Rabat intenta imponer ese nuevo marco, siguen reapareciendo elementos que contradicen esa narrativa. La persistencia de los campamentos saharauis cincuenta años después, las redes internacionales de solidaridad, la actividad diplomática africana de la RASD, las tensiones sobre derechos humanos o incluso la memoria histórica vinculada a España demuestran que la cuestión saharaui sigue viva y lejos de desaparecer.
Tal vez por eso el Sáhara Occidental vuelve a resultar incómodo en 2026. Porque, pese al cansancio internacional y al silencio de muchas cancillerías, el conflicto sigue recordando algo que numerosos actores preferirían dar por cerrado: que aún existe un pueblo pendiente de descolonización cuyo derecho a decidir su futuro continúa sin resolverse.
— Carlos C. García
